«Café con recuerdos del Tajo»
La lluvia dibujaba carriles en los ventanales del sĂ©ptimo piso en la cafeterĂa, del Corte Ingles. Cristina seguĂa con el dedo el trazo de una gota que se deslizaba hacia el puente de Castilla-La Mancha, en Talavera de la Reina, su perfil reflejado en el cristal como un fantasma pálido fundiendose con el reflejo del rĂo Tajo.
—¿Recuerdas cuando venĂamos a ver las luces de la feria desde aquĂ? —Rafael removiĂł el azĂşcar en su cafĂ©, aunque siempre lo tomaba amargo.
Ella girĂł lentamente la cucharilla entre los dedos. En el posavasos, alguien habĂa dibujado un corazĂłn con el logotipo de la cafererĂa.
—Compramos aquella lámpara de papel arroz en la secciĂłn de hogar junto a la estacion de autobuses. Dijiste que parecĂa una medusa.
—Y a la semana se fundió.
—Como nosotros.
El silencio se posĂł entre los platillos de porcelana. Como un barco cargado de legumbres, imperceptible, sin hacer ruido solo el sonido de la respiraciĂłn forzada de el.
—¿En qué momento dejamos de mirar en la misma dirección? —preguntó él, mordiendo la frase como si fuera el borde de una galleta de jengibre.
Cristina señaló el recinto ferial. Bajo la llovizna, las casetas cerradas parecen ataúdes de colores, como para enterrar las emociones muertas a través del tiempo de convivencia.
—Quizás cuando dejaste de contarme tus viajes a plasencia. O cuando yo empecĂ© a fingir orgasmos con la misma facilidad que fingĂa interĂ©s por tus amigos.
Rafael soltĂł una risa corta, sin alegrĂa.
—Te vi llorar el dĂa que ganĂ© el premio regional de chistes malos.
—Porque me diste las gracias junto a tu madre y al perro, pero no a mĂ.
Una camarera repuso el azucarero. Cristina observó sus uñas esmaltadas de rojo pasión, el mismo tono que llevaba en la boda de su hermana Ana.
Rafael le habĂa dicho que parecĂa una actriz de los 50. Ahora solo comentaba «quĂ© interesante» cuando ella estrenaba vestidos o alguna braga de colores.
—¿Sabes lo que más duele? —apoyĂł la frente en el cristal frĂo—. Que ni siquiera peleamos. Nos volvimos expertos en esquivar cuchillos.
Él sacó del bolsillo una servilleta doblada. Dentro, guardaba el ticket del parking del hospital cuando ella estubo ingresada.
—Aquà escribiste «te quiero» con mi lápiz de delineador.
—Y tĂş lo tiraste con los papeles del McDonald’s.
La lluvia arreciĂł. En el rĂo, un tronco arrastrado por la corriente chocĂł contra un pilar del puente.
—¿Por quĂ© me duele quererte? —susurrĂł ella, no a Ă©l, sino a su reflejo desdoblado en el ventanal del cafĂ©…
Rafael apretĂł la servilleta hasta hacerla bola.
—Porque nos duele reconocer que amamos más los recuerdos que vivimos que a la persona que tenemos enfrente.
PagĂł la cuenta con tarjeta oro que seguĂa teniendo su foto juntos. Al levantarse, Cristina rozĂł su mano al coger el paraguas. No se tocaban desde hacĂa 723 dĂas.
En el ascensor, mientras bajaban hacia una realidad sin cafés de despedida, él murmuró:
—El sábado pasado fui al cine solo. Vi una pelĂcula coreana que te habrĂa encantado.
Ella guardĂł el azucarero dibujado en el bolso.
—Yo aĂşn riego las orquĂdeas que me regalaste cuando estube ingresada por el riñón en el hospital aquel.
Afuera, la lluvia habĂa limpiado el olor a churros de la calle. Cada uno tomĂł una direcciĂłn distinta, llevándose en los bolsillos migajas de lo que pudo ser.
Con la sensacion de que se hablarian por telefono pero que quizás ya no se volvieran a ver.
©Jose Luis Vaquero







