La valentía de habitar nuestra propia voz
Decir lo que se siente no es un acto de elocuencia, es un acto de supervivencia. A menudo, guardamos las palabras como si fueran cristales rotos en el bolsillo; preferimos que nos corten por dentro antes que sacarlas y arriesgarnos a que alguien más vea nuestras heridas. Sin embargo, el silencio tiene un peso físico: se siente en la base de la garganta, en la rigidez de los hombros y en esa distancia invisible que se crea entre nosotros y el mundo. Ser valiente no es no tener miedo al rechazo, sino entender que el precio de callar es perderse a uno mismo.
El peso del silencio vs. la libertad de la palabra
Existe una dualidad constante en nuestra comunicación. Por un lado, la seguridad de la máscara —esa que nos permite decir «estoy bien» cuando el alma grita lo contrario— y, por otro, la vulnerabilidad desnuda de la verdad. A veces, yo también fallo en este equilibrio; me he descubierto priorizando la comodidad ajena sobre mi propia paz mental, pensando que mi silencio era una forma de protección cuando, en realidad, era una celda. Admito que he sido parte de ese ruido vacío que evita lo importante por miedo a la tormenta que desata una palabra honesta.
Propuesta de paz: Hablar desde la ternura
La verdadera valentía no necesita gritos. La resistencia más gentil es aquella que permite que la voz tiemble mientras dice lo que siente. Para recuperar nuestra identidad, debemos proponer un pacto de calma con nuestra propia expresión:
Validar el sentir: Si duele, es real. Si alegra, es real.
Habitar la incomodidad: Aceptar que la honestidad puede incomodar al principio, pero libera al final.
El puente hacia el otro: Entender que nuestras palabras son el único camino para que el otro sepa cómo amarnos.
© copyrigth Jose luis Vaquero







