El vacío no siempre se llena con compañía.
A veces, el abismo más profundo se encuentra en el interior, cuando carecemos de un rumbo claro y de un sentido que nos conecte con el universo.
Rodeados de multitudes, podemos sentirnos aislados y desconectados, como islas flotando en un océano de indiferencia.
La verdadera soledad radica en la ausencia de un propósito que nos inspire y nos motive a seguir adelante.
RELATO CORTO:
La habitación estaba en silencio, pero no era el silencio tranquilo de la paz, sino el vacío que dejaba la falta de algo más.
Marcos se sentó en el borde de la cama, mirando las paredes desnudas que lo rodeaban. No era la ausencia de gente lo que lo ahogaba, sino la falta de un porqué.
Los días se habían convertido en una sucesión de horas vacías, como un río que fluye sin dirección, arrastrando consigo solo el peso de la monotonía.
Antes, había sueños que lo impulsaban: proyectos, metas, una chispa que iluminaba sus pasos. Pero ahora, todo parecía plano, como un paisaje sin colores.
La gente pasaba a su lado, riendo, hablando, viviendo, pero él se sentía como un espectador, atrapado en una película que no entendía. No era la soledad de estar solo, sino la de sentirse perdido en medio de todo.
Un día, mientras caminaba sin rumbo, vio a un niño corriendo tras una cometa, sus ojos brillando con determinación.
Algo en esa simple escena lo sacudió. No era la cometa, sino la pasión detrás de cada paso. Marcos entendió entonces que la verdadera soledad no era la falta de compañía, sino la ausencia de algo por lo que luchar.
Y en ese instante, entre el eco de risas ajenas, comenzó a buscar su propia cometa.
© copyrigth: Jose Luis Vaquero