El aprendizaje detrás de cada final: Aceptar los ciclos de la vida
El invierno no solo ocurre fuera, en el frío que muerde la piel; ocurre, sobre todo, en los periodos de silencio que habitamos por dentro. A menudo nos resistimos a que las etapas terminen, intentando retener un sol que ya no calienta o una hoja que ya debe caer. Esa resistencia es la que genera el verdadero frío. Aprender a aceptar los ciclos de la vida es, en realidad, aprender a confiar en que la tierra sabe lo que hace cuando decide descansar. El último suspiro del invierno no es una despedida, es el espacio necesario para que lo nuevo tenga donde echar raíces.
La dualidad entre el refugio y el estancamiento
Existe una dualidad peligrosa en nuestra búsqueda de paz. Por un lado, necesitamos el invierno personal para refugiarnos, sanar y reflexionar. Por otro, corremos el riesgo de convertir ese refugio en una cueva de aislamiento. Yo también fallo en esto: muchas veces me he quedado abrazado a la melancolía más tiempo del necesario, usando el «invierno» como una excusa para no florecer, por miedo a la exposición que trae la primavera. Reconocer que somos parte de este ritmo natural nos permite soltar la culpa de estar en pausa.
Una propuesta de paz: Florecer a nuestro ritmo
La resistencia gentil ante el cambio no consiste en forzar la primavera, sino en preparar el jardín. Para caminar en armonía con nuestros propios ciclos, podemos empezar por:
Confiar en el renacimiento: Entender que nada muere del todo; solo se transforma para volver con más fuerza.
Honrar la pausa: No ver el cansancio o el silencio como un fracaso, sino como una preparación.
Soltar con gratitud: Dejar que el «último suspiro» se lleve lo que ya no tiene vida en nosotros.
©Jose Luis Vaquero.


