Caminar descalza por fin, el alivio de soltar las direcciones prestadas
La gratitud de abandonar los caminos ajenos
Hoy me detengo a observar mi reflejo y, por primera vez, noto todos esos zapatos que ya no me calzan. No hablo solo de los que me apretaban hasta hacerme sangrar, sino de aquellos que elegí voluntariamente para transitar por senderos que nunca fueron míos.
Lograr caminar descalza por fin es un proceso de honestidad cruda; es reconocer que usamos tacones altos para parecer más grandes de lo que nos sentíamos o botas pesadas para fingir una fortaleza impuesta.
Al entender que el destino es propio, comprendemos que caminar descalza por fin no es una carencia, sino la conquista del suelo firme bajo nuestros propios términos.
La danza de los aplausos y las versiones inexistentes
Pasé demasiado tiempo usando zapatos de baile para girar al ritmo de aplausos ajenos, agotando mis fuerzas en zapatillas gastadas mientras corría detrás de versiones de mí misma que jamás llegaron a existir.
Esta verdad desnuda duele, pero es necesaria. No miro esos calzados con rabia, sino con una gratitud callada y un poco cansada. Cada par fue una lección sobre dónde duele pisar y dónde se rompe el alma si insistes en habitar terrenos que no te corresponden.
El hallazgo de la estabilidad personal sin adornos
En el espacio que quedó vacío al despojarme de las expectativas, no hay frío. Lo que encuentro es la integridad del ser. Hay aire entre los dedos y una sensación de ligereza que solo llega cuando dejas de necesitar adornos para sentirte completa. Es una resistencia gentil ante la presión de ser siempre más, de ir siempre hacia una dirección prestada.
El giro de humildad: yo también busqué la altura
Yo también fallo. Confieso que durante años sostuve el espejo para que otros vieran en mí la estatura que ellos necesitaban, olvidando que mi propio paso, aunque más bajo y lento, era el único real. Me traicioné al creer que necesitaba esos zapatos para ser vista, cuando la paz residía precisamente en dejar de correr.
Una propuesta de paz: el suelo que tú eliges
La recompensa de este viaje es la libertad emocional. Ya no hay promesas de altura ni rutas marcadas por manos extrañas. Solo queda el paso que doy porque quiero darlo.
¿Y tú? ¿Qué zapatos sigues llevando puestos solo porque alguien te dijo que te quedaban bien? ¿Cuáles te quitaste y descubriste que podías caminar sin rumbo fijo y seguir sintiéndote vivo? Cuéntamelo abajo, sin filtros, en la calma de este santuario.
©Jose Luis Vaquero.


