RELATO CORTO: «Dime corazón, cuerdo tú que usas la razón para explicar cada cosa que no entiendo.»
La tarde era un suspiro helado. Ella, envuelta en su abrigo de piel, dibujaba siluetas con el aliento mientras los patos deslizaban indiferencia sobre el lago.
Cerró los ojos y, como siempre, las aves aparecieron: golondrinas de tinta negra brotando de su párpado izquierdo, surcando el cielo gris de su mente. Eran sus pensamientos, torpes y heridos, intentando escapar.
—Dime, corazĂłn cuerdo —murmurĂł, acariciando el frĂo del banco—. TĂş que diseccionas el mundo con bisturĂes de lĂłgica… Âżpor quĂ© el adiĂłs se me atora aquĂ? —PresionĂł su garganta, donde las palabras solĂan ahogarse.
«Porque no es el adiós lo que te duele», respondió una voz interna, clara como el hielo en el lago. «Es la rendición. Admitir que algunas cosas vuelan lejos, aunque las llames con toda tu fuerza».
Una golondrina se desprendió de su ojo, convertida en lágrima. La siguió con la mirada interna:
—¿Y si las atrapo? ¿Si invento razones para que se queden?
«SerĂas como el invierno que intenta detener a la primavera: te romperĂas los dedos en el intento», susurrĂł la razĂłn, mientras un grupo de patos se acercaba a la orilla. Sus cabezas se inclinaban, como si escucharan el diálogo.
Ella apretó los puños. El vestido blanco, manchado de sombras, temblaba.
—Pero duele…
«El dolor es el precio de haber amado en voz alta», replicó la voz. «Las aves migran, corazón como las emociones. No por desamor, sino porque llevan un sur escrito en las alas».
Otra golondrina escapó. En sus plumas, la mujer vio reflejos: la sonrisa de él, las promesas enterradas en nieve, las cartas que nunca envió.
Los patos graznaron suavemente, como recordándole que estaba viva, que el mundo seguĂa aunque su cielo particular se desmoronara.
—¿Y si olvido cómo volar después de esto?
«Imposible», rió la voz, cálida ahora. «Miras hacia arriba incluso cuando lloras. Eso es querer volver a levantarse… aunque sea sin brújula».
La Ăşltima ave saliĂł de su ojo. El lago, quieto, devolviĂł un reflejo: ella misma, pequeña y blanca, rodeada de patos que no exigĂan respuestas. Los pájaros de su mente se fundieron con el horizonte.
Al abrir los ojos, el invierno seguĂa allĂ. Pero algo en el aire sabĂa distinto: a tierra fĂ©rtil bajo la helada y ya no sentĂa ese frio de las emociones que la martirizaban.
©Jose Luis Vaquero







