La llegada de una luz inesperada
Verte así, desbordando energía y luz, me recuerda que la vida tiene texturas que a veces olvidamos tocar. Hoy estás que desbordas, llena de vida, y esa vitalidad se convierte en el ancla que detiene mi caos.
Es una realidad absoluta: eres mi centro de gravedad, el punto exacto donde mis dudas se disipan y todo mi mundo comienza a girar con sentido a tu alrededor.
En el fondo de mi ser, existe esa certeza silenciosa de que puedo confiar plenamente en ti, porque no eres alguien ajeno; de una forma mística y profunda, siento que formas parte de mí, como una extensión de mi propia piel.
Un refugio en la sinceridad del alma
Llegaste un día a mi universo personal y lo transformaste por completo. Lo más hermoso de tu presencia fue la falta de juicios: entraste sin preguntar quién soy o quién fui, ignorando las sombras de mi pasado para enfocarte en la luz de nuestro presente.
Sin pensar en nada más, decidí que no había mejor lugar en el mundo que este, y me quedé habitando en ti, haciendo de tu corazón mi hogar más seguro.
La dualidad de habitar en el otro
A veces, el amor se siente como un peso ligero, una gravedad que nos mantiene unidos a la tierra cuando el viento sopla demasiado fuerte. Pero también entiendo que, en este entregarse, yo también fallo.
A menudo me pierdo en mis propios ruidos y olvido decirte que tu brillo es el que ilumina mis rincones más oscuros. Reconozco que a veces me cuesta ser ese eje emocional que tú eres para mí, pero es en esa vulnerabilidad donde nuestra conexión se hace real.
Una propuesta de paz y estabilidad
Habitar en alguien no es invadir, es fusionarse. Es entender que eres mi centro de gravedad y que, aunque el universo exterior sea caótico, dentro de este espacio que hemos construido reina la calma. Mi propuesta es sencilla: sigamos siendo este refugio, dejando que la vida nos desborde sin miedo al mañana, habitando siempre en la ternura de lo que somos hoy.
© copyright José Luis Vaquero.


