RELATO CORTO: «El Idioma de las Olas»
La casa del faro huele a salitre y a tinta seca. Juan sube los ciento veinte escalones de caracol cada mañana, como un ritual, para encender la lámpara que nadie ve.
El mar aquĂ es un animal indĂłmito, y Ă©l lleva diecisĂ©is años traduciendo su furia en señales de luz. Por las noches, cuando el viento aĂşlla entre las grietas de la torre, escribe cartas que nunca envĂa.
Las guarda en cajas de madera, selladas con cera roja, junto a los mapas estropeados por la humedad.
Todo comenzĂł con un naufragio. O tal vez con un malentendido. Él la rescatĂł entre los restos del velero Calypso, una madrugada de diciembre en que las olas escupĂan astillas como dientes rotos.
Ella tenĂa los labios azules y en los brazos, tatuajes de coordenadas que ya no llevaban a ningĂşn puerto. «Soy Lena», dijo. Y durante tres meses, le enseñó a descifrar el lenguaje de las nubes y a leer las cicatrices del agua.
Pero habĂa algo que Juan nunca logrĂł entender: Lena hablaba en cĂłdigos, en metáforas que se deshacĂan como espuma.
—¿Escuchas? —le preguntaba ella, apoyando la oreja contra el ventanal durante las tormentas—. El mar está contando su historia.
Él asentĂa, aunque solo oĂa rugidos. IntentĂł responder con faros intermitentes, con mensajes en clave Morse dirigidos al horizonte. «No estás sola», repetĂan las luces.
Lena sonreĂa, triste, y trazaba cĂrculos en el aire con el dedo. «Sigues usando tu idioma para hablar con el mĂo», susurraba.
La mañana que se fue, dejĂł sobre la mesa de roble un cuaderno abierto. En la Ăşltima página habĂa escrito: «A veces, el silencio es la Ăşnica respuesta que merece el eco».
Juan rasgó la hoja y la arrojó al mar. Desde entonces, cada vez que una embarcación se acerca demasiado a los acantilados, él ilumina la noche con rabia, destellando advertencias que los navegantes ignoran.
Hoy, mientras la tormenta ruge de nuevo, Juan sostiene una linterna frente al ventanal. En la playa, entre la bruma, distingue una figura delgada que camina hacia las rocas.
Grita. Agita los brazos. La luz parpadea: «¡Aléjate! ¡Peligro!». Pero la figura avanza, imperturbable, como si llevara el océano entero anclado a los tobillos.
De pronto, comprende. Apaga la linterna. El faro se sumerge en una oscuridad densa, y por primera vez en años, escucha: el mar no está furioso.
Está cantando. Un canto antiguo, sin palabras, que habla de hundirse y renacer, de secretos que solo las profundidades guardan.
Las cajas de cartas, ahora lo sabe, nunca debieron ser abiertas. Algunos mensajes se escriben en la arena, para que la marea los borre.
Abajo, en la orilla, la figura se detiene. Mira hacia el faro apagado. Y luego, lentamente, se vuelve y se aleja.
Juan no enciende la lámpara. Se sienta en la oscuridad, con el cuaderno de Lena sobre las rodillas, y aprende por fin a callar y a disfrutar del eco de la soledad.
©Jose Luis Vaquero | salfueradeti.com
Acuarela del pintor: Juan Morales Bejerano.







