La armadura de papel y el peso de la identidad
Mírame bien. Lo que ves hoy en mi reflejo no es solo una cara; es, en realidad, un contrato de alquiler que por fin ha vencido. Durante años, mi rostro fue un territorio ocupado donde mis ojos pedían permiso para mirar y mi boca se disculpaba antes de existir.
Entender que ser uno mismo es la batalla más honesta que podemos librar nos revela una verdad incómoda: a menudo cargamos con una armadura hecha de papel mojado. Parece que nos protege del juicio ajeno, pero se deshace en cuanto alguien sube el tono de voz.
Porque ser uno mismo no debería pesar, pero nos han enseñado a cargar con el volumen de las expectativas externas hasta que nuestra propia esencia se vuelve invisible.
El camuflaje de la espalda herida
Durante décadas, mi espalda no me pertenecía; era el estante donde los demás apoyaban sus necesidades, dejando marcas moradas que yo intentaba maquillar con sonrisas de cortesía. Fui una experta en el arte del camuflaje, un río estancado que aceptaba cualquier vertido con tal de no quedarse solo.
Por fuera, mi vida parecía una balsa de aceite, pero por dentro era una guerra civil donde mi verdad siempre terminaba rindiéndose ante el eco de voces que ni siquiera me querían.
La complicidad en la propia sombra
Reconozco mi falta en este proceso: yo también fui cómplice de mi propio olvido. Vivir con autenticidad requiere admitir que yo misma sostuve el espejo para que otros se peinaran en mi reflejo, permitiendo que usaran mi luz para iluminar sus sótanos mientras yo me quedaba a oscuras.
Me traicioné cada vez que dije «sí» por miedo al vacío, pensando que ser el camino de alguien me daría un propósito, cuando en realidad solo me convertía en una extraña para mí misma.
El despertar de la integridad personal
Pero esta mañana, el cristal se ha vuelto honesto. He dejado de ser el puerto de paso para convertirme en la roca que el agua no puede mover. Hoy me miro y no pido perdón por las grietas; las celebro, porque entiendo que por ahí es por donde por fin sale el aire y entra la vida.
Una propuesta de paz: dejar de correr
La paz no es llegar a ninguna meta externa, es la estabilidad emocional de darte cuenta de que ya no tienes que correr para que alguien te vea. Es la resistencia gentil de quien se queda consigo mismo, en silencio y sin disculpas.
©Jose Luis Vaquero.


