El peso que dejamos de cargar: Cómo practicar el perdón a uno mismo
Perdonar no es un regalo que le hacemos a los demás, es la llave que nos libera de nuestra propia celda. A menudo, somos jueces implacables con nuestros errores del pasado, cargando una «lista de deudas» emocionales que nos impide caminar ligeros.
Aprender cómo practicar el perdón a uno mismo requiere entender que la persona que cometió aquel error ya no es la misma que hoy busca sanarlo.
El perdón no borra lo que pasó, pero sí le quita el poder de seguir hiriéndonos en el presente; es decidir que nuestro ayer no tiene derecho a confiscar nuestro hoy.
La dualidad entre la culpa y la responsabilidad
En este ejercicio de honestidad surge una dualidad inevitable. Por un lado, la culpa punitiva que solo busca castigarnos y hundirnos en el reproche constante.
Por otro, la responsabilidad consciente, que acepta el error pero lo utiliza como abono para el crecimiento.
Yo también fallo en esta distinción; muchas veces me he quedado atrapado en el «debería haber hecho», convirtiendo mis fallos en lápidas en lugar de peldaños.
He sido mi peor enemigo, negándome la compasión que tan fácilmente le ofrezco a los demás, olvidando que yo también merezco habitar en paz dentro de mi propia historia.
Propuesta de paz: Un pacto de ternura con el pasado
La resistencia gentil ante la autoexigencia es declarar una tregua interna. Para que este perdón sea real y duradero, podemos proponer:
Cerrar la lista: Decidir que hoy es el último día que esa culpa tiene permiso para habitar nuestro pensamiento.
Escribir para soltar: Poner nombre a las culpas para que dejen de ser sombras gigantes.
Validar la intención: Recordar que hicimos lo mejor que pudimos con el nivel de conciencia que teníamos entonces.
©Jose Luis Vaquero.







