«El Arte de Fingir de disfrazar lo que duele»
Laura y Daniel se sentaron en el sofá, cada uno en un extremo, como si el espacio entre ellos fuera un océano imposible de cruzar.
La televisiĂłn estaba encendida, pero ninguno prestaba atenciĂłn. Era solo un ruido de fondo, una excusa para no hablar, para no enfrentar lo que realmente importaba.
HabĂan pasado años perfeccionando el arte de fingir. Laura sonreĂa cuando Daniel llegaba tarde a casa, diciendo que no importaba, que entendĂa.
Daniel, por su parte, elogiaba la cena incluso cuando estaba frĂa, como si no notara el vacĂo que crecĂa entre ellos. Ambos habĂan aprendido a disfrazar el dolor, a convertirlo en algo presentable, algo que no hiciera ruido.
Pero el silencio, ese compañero constante, era más elocuente que cualquier palabra.
A veces, Laura miraba a Daniel de reojo y se preguntaba cuándo habĂan dejado de verse. No fĂsicamente, sino realmente.
Él estaba allĂ, pero era como si hubiera desaparecido detrás de una pared de gestos automáticos y respuestas prefabricadas.
Y Daniel, por su parte, sentĂa que Laura era un cuadro colgado en la pared: hermoso, pero estático, sin vida propia.
Una noche, después de una cena en silencio, Laura rompió el pacto no escrito.
—¿Te das cuenta de que ya no nos miramos? —preguntó, con una voz que sonó más frágil de lo que esperaba.
Daniel la miró, sorprendido, como si hubiera despertado de un sueño.
—¿QuĂ© quieres decir? —preguntĂł, aunque en el fondo sabĂa la respuesta.
—Quiero decir que nos hemos vuelto expertos en disfrazar lo que duele —respondió Laura, con lágrimas en los ojos—. Pero no puedo seguir fingiendo que esto está bien.
Daniel bajĂł la mirada, sintiendo el peso de las palabras de Laura. SabĂa que tenĂa razĂłn. HabĂan convertido su relaciĂłn en una obra de teatro, donde cada uno interpretaba un papel para evitar el conflicto.
Pero el conflicto, aunque doloroso, era real. Y lo real, aunque imperfecto, era lo Ăşnico que podĂa salvarlos.
—Tal vez —dijo Daniel, con una voz temblorosa— hemos estado tan ocupados fingiendo que no nos dimos cuenta de que nos estábamos perdiendo.
Laura asintió, sintiendo que algo dentro de ella se desmoronaba, pero también se liberaba.
Era como si, al fin, estuvieran quitándose las máscaras que los habĂan protegido, pero tambiĂ©n los habĂan separado.
Y asĂ, en medio de la noche, con la televisiĂłn aĂşn encendida pero ahora en completo silencio, Laura y Daniel comenzaron a hablar.
No de lo que estaba bien, sino de lo que dolĂa. No de lo que esperaban, sino de lo que temĂan.
Porque, al fin, habĂan entendido que disfrazar el dolor no lo hacĂa desaparecer, solo lo enterraba más profundo. Y que, a veces, la Ăşnica manera de sanar es dejar que las heridas respiren, aunque duela.
Al amanecer, el ocĂ©ano entre ellos seguĂa allĂ, pero ahora, al menos, estaban intentando cruzarlo juntos.
Porque, aunque el arte de fingir los habĂa mantenido a salvo, tambiĂ©n los habĂa alejado. Y era hora de aprender un nuevo arte: el de ser autĂ©nticos, incluso cuando duele.
©Jose Luis Vaquero







