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  • Salfueradeti
  • marzo 21, 2025
Una mujer observa por la ventana de un hotel, con una expresión reflexiva. En el lobby, un hombre mayor lee un libro. La imagen evoca la idea de introspección y encuentros efímeros en un lugar de tránsito.

Esta publicación puedes escucharla aquí

No somos dueños del tiempo solo de los momentos que regalamos

«El Hotel de los Instantes»

La vida es como un hotel de paso, pensó Clara mientras miraba por la ventana de su habitación.

No había elegido llegar aquí, ni sabía cuándo tendría que irse. No había un letrero en la puerta que le explicara por qué estaba en esta ciudad, en este momento, con estas preguntas que nunca cesaban.

Solo tenía una maleta llena de recuerdos y un reloj que parecía correr más rápido cada día.

Una tarde, en el lobby del hotel, conoció a Samuel, un hombre mayor que siempre llevaba un libro en las manos.

Se sentaron juntos en el sofá desgastado, y Clara no pudo evitar preguntarle:

—¿Usted cree que hay un manual para esto? Para la vida, quiero decir.

Samuel sonrió, como si ya hubiera esperado esa pregunta.

—El único manual que existe es el que escribimos mientras vivimos —dijo—. Y a veces, ni siquiera eso.

La vida es una paradoja: buscamos respuestas, pero lo único que encontramos son más preguntas.

Clara lo miró, confundida.

—Entonces, ¿para qué estamos aquí?

—Tal vez no estamos aquí para nosotros —respondió Samuel—. Tal vez estamos aquí para ser el reflejo en la mirada de alguien más.

Esa noche, Clara recordó una anécdota de su infancia. Había estado llorando en el parque porque había perdido su pelota favorita.

Un niño que no conocía se acercó y le regaló la suya, sin decir una palabra. Ese gesto pequeño, casi insignificante, había sido un rayo de luz en su día oscuro.

Ahora, años después, se preguntaba si ella había sido luz para alguien más.

Al día siguiente, en el desayuno, vio a una mujer joven luchando por abrir un frasco de mermelada.

Sin pensarlo, Clara se acercó y lo abrió por ella. La mujer sonrió agradecida, y en ese instante, Clara entendió lo que Samuel quiso decir.

No se trataba de grandes hazañas ni de respuestas definitivas. Se trataba de esos momentos pequeños, en los que el mundo pesaba menos porque alguien había aliviado la carga de otro.

Samuel partió del hotel sin aviso, dejando solo su libro en la mesa del lobby. Clara lo recogió y encontró una nota en la primera página: «No somos dueños del tiempo, pero sí de los instantes que regalamos. Sé luz, aunque sea por un segundo.»

Y así, en ese hotel de paso, Clara aprendió que la vida no era un rompecabezas por resolver, sino una colección de momentos compartidos.

Tal vez no había respuestas, pero sí había sonrisas, gestos, y la certeza de que, aunque fuera por un instante, había sido luz en la vida de alguien más.

El hotel seguía siendo un lugar de paso, pero ahora Clara sabía que cada huésped, cada encuentro, era parte de una trama más grande.

Y en esa contradicción entre lo efímero y lo eterno, encontró un propósito: seguir regalando instantes, porque al final, eso era lo único que quedaba.

Porque… No somos dueños del tiempo, pero sí de los instantes que regalamos.

©Jose Luis Vaquero

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