Si la mentira y la traición se apoderan de tu mundo, elegir la soledad quizas no te salvara del caos pero puede salvarte de el precipicio más profundo.
Hubo un tiempo en que confiaba ciegamente, como un niño que camina de la mano de alguien que cree inquebrantable.
Pero las manos se soltaron, y las palabras que antes eran promesas se convirtieron en cuchillos. La mentira se deslizó como una serpiente entre las grietas de su mundo, y la traición llegó disfrazada de sonrisas y abrazos.
De repente, todo lo que creía seguro se desmoronó, como un castillo de arena devorado por la marea.
El caos lo envolvió. Las voces que antes eran familiares ahora sonaban distorsionadas, como ecos en un laberinto sin salida. Intentó aferrarse a lo que quedaba, pero cada intento era como agarrar agua con las manos: todo se escapaba, todo se perdía.
Y entonces, en medio de ese desorden, surgió una opción que antes parecía impensable: la soledad.
No fue una decisión fácil. La soledad asusta, porque es un espejo que no miente. En ella, no hay distracciones, no hay excusas, no hay nadie más a quien culpar.
Pero también es un refugio, un espacio donde el ruido del mundo no puede entrar. Y aunque el caos seguía afuera, aunque las mentiras y las traiciones seguían existiendo, dentro de ese silencio encontró algo que había perdido: a sí mismo.
La soledad no lo salvó del caos, eso lo sabía. El mundo seguía siendo un lugar incierto, lleno de sombras y trampas. Pero lo salvó de algo peor: de caer en el precipicio más profundo, ese abismo donde se pierde la esperanza, donde ya no importa nada.
En la soledad, encontró la fuerza para reconstruirse, para recordar quién era antes de que todo se derrumbara.
A veces, en las noches más largas, miraba al vacío y se preguntaba si había tomado la decisión correcta. Pero entonces recordaba las caras falsas, las palabras vacías, las sonrisas que escondían dagas.
Y entendía que, aunque la soledad no era perfecta, era suya. Era un espacio donde podía respirar, donde podía sanar, donde podía aprender a confiar de nuevo, pero esta vez en sí mismo.
No era un final, sino un nuevo comienzo. Un camino solitario, sí, pero también libre. Porque a veces, alejarse no es rendirse, sino elegir vivir. Y aunque el caos seguía afuera, él ya no temía al precipicio.
Porque había aprendido que, en la soledad, también hay luz. Y esa luz era suficiente para seguir adelante.
Creado por: Jose Luis Vaquero