«Las emociones son como el tiempo no piden permiso para llegar «
Laura y Juan estaban sentados en la terraza de un café en la Plaza del Reloj, en Talavera de la Reina.
El sol escaso de esa tarde de invierno caía suavemente sobre los edificios de cerámica talaverana, y el ambiente era tranquilo, distendido.
Entre ellos había una confianza mutua, sólida y cómoda, aunque no eran pareja. Compartían una amistad profunda, forjada en años de conversaciones sinceras y momentos de complicidad.
Laura jugueteaba con su taza de café, mirando hacia la plaza, donde unas palomas picoteaban migajas en el suelo y al fondo la optica instalada en el edificio de la antigua ferretería moro.
Juan, sentado frente a ella, observaba el ir y venir de la gente, absorto en sus pensamientos mientras al fondo en la oficina de correos no dejaba de entrar y salir gente. Fue él quien rompió el silencio.
—¿Sabes? A veces pienso que la vida es como esa lluvia que no puedes detener —dijo, señalando el cielo despejado, como si imaginara las nubes—. No puedes evitar que caiga, pero puedes elegir si te mojas o buscas refugio.
Laura lo miró, sorprendida por la reflexión. Sonrió levemente y respondió:
—Es cierto. Y tampoco puedes callar el viento, pero puedes aprender a escucharlo sin miedo. A veces, las batallas no se pelean con los puños, sino con la mirada firme y el silencio intacto.
Juan asintió, tomando un sorbo de su café. Sus palabras resonaban en el aire como un eco de algo que ambos habían vivido, aunque de maneras diferentes.
—El mundo sigue su curso, con o sin nosotros —continuó Laura, mirando ahora hacia el reloj de la plaza, cuyas manecillas avanzaban sin pausa—.
Las olas rompen contra la orilla, las hojas caen en otoño, y el tiempo no pide permiso para seguir adelante. Pero dentro de nosotros… ahí sí tenemos poder.
Juan la observó con atención, como si estuviera desentrañando cada palabra.
—¿Y qué hacemos con ese poder? —preguntó, con un tono que denotaba curiosidad sincera.
Laura se reclinó en su silla, cruzando los brazos.
—Podemos permitir que el caos nos arrastre —dijo—, o podemos sostenernos en nuestro propio centro, como un árbol que no deja de ser árbol, aunque el invierno lo desnude.
Juan sonrió, como si esa imagen lo hubiera tocado en algún lugar profundo.
—Es verdad —murmuró—. La verdadera fortaleza no está en controlar el mundo, sino en no dejar que el mundo te controle a ti.
Hubo un silencio cómodo entre ellos, mientras el murmullo de la plaza los rodeaba. Laura miró a Juan y añadió:
—A veces, creemos que tenemos que luchar contra todo, que tenemos que cambiar lo que no podemos cambiar. Pero quizás la clave está en saber cuándo mojarse y cuándo buscar refugio.
Juan asintió, reflexivo.
—Y en aprender a escuchar el viento sin miedo —añadió—. Aunque a veces sople fuerte.
Ambos rieron suavemente, como si hubieran encontrado una verdad compartida en esa conversación. El café se enfriaba en sus tazas, pero el momento era cálido, lleno de comprensión.
—Gracias —dijo Juan de repente, mirando a Laura con gratitud—. A veces, solo necesito que alguien me recuerde estas cosas.
Laura sonrió, con una expresión tierna pero firme.
—Para eso estamos —respondió—. Para recordarnos que, aunque el mundo siga su curso, nosotros podemos elegir cómo vivirlo.
Y así, sentados en esa terraza, bajo el cielo de Talavera, Laura y Juan compartieron un momento que, aunque breve, les recordó que la vida no se trata de controlar lo incontrolable, sino de encontrar la fortaleza dentro de uno mismo.
Y que, a veces, el refugio más seguro está en la compañía de alguien que te entiende.
©Jose Luis Vaquero