El espacio de lo esencial
Hoy miro mi agenda y decido tachar tres cosas. No es un tachón rápido, de esos que se hacen con prisa para pasar a lo siguiente. Es un trazo lento, firme, que se siente en la punta del bolígrafo como si estuviera cortando un nudo. No las tacho porque no pueda hacerlas; tengo el tiempo, tengo la capacidad y, probablemente, tengo la inercia necesaria para cumplirlas.
Las tacho simplemente porque no quiero. Y por primera vez en mucho tiempo, el peso de ese «no» no me hunde; me libera. No me siento mal por ello.
Durante mucho tiempo viví bajo la dictadura de la acumulación. Creí que querer menos era una forma sutil de fracaso. Nos han enseñado que una vida plena es una vida llena, pero se les olvidó explicarnos de qué.
Pensaba que tener menos planes, menos objetos o menos ruido en el calendario significaba una derrota frente al mundo. Que la madurez era ser capaz de sostenerlo todo a la vez, como un malabarista que no puede permitirse mirar hacia abajo. Para mí, la plenitud era sumar, añadir, amontonar.
La dualidad del vacío y el espacio
Pero hoy descubro que querer menos no es sinónimo de vacío. El vacío es una carencia que duele; el espacio, en cambio, es una oportunidad que respira.
Es elegir con calma lo que realmente importa en medio de un mundo que grita que todo es urgente. Es tener la valentía de decir “no” a lo que es simplemente bonito, o a lo que es socialmente aceptado, para poder decir un “sí” rotundo a lo que es esencial para mi paz.
Yo también fallo en este equilibrio casi a diario. Me descubro a veces mirando los huecos en mi agenda con una ansiedad eléctrica, sintiendo la tentación de llenarlos con cualquier compromiso irrelevante solo para no sentirme «fuera del juego». He sido el primero en alimentar esa culpa que susurra que si descanso, me quedo atrás. He sido víctima y verdugo de mi propia exigencia, creyendo que mi valor dependía directamente de mi nivel de agotamiento.
Propuesta de paz: el permiso para la reducción
En esta reducción que antes me generaba una culpa asfixiante, ahora noto que algo florece. No es un crecimiento con ruido, ni una explosión de esfuerzo. Es algo más orgánico, más silencioso. Es el alivio que nace cuando nos damos permiso para desear menos.
Hoy elijo ese camino y decido disfrutarlo sin deudas pendientes con mi conciencia. Todavía estoy en el proceso, descubriendo qué hacer con todo este espacio nuevo que aparece cuando dejo de exigirme tanto.
¿Y tú? ¿Qué has dejado de querer… aunque sea solo un poquito… y has notado que algo cambia en tu interior? ¿Qué parte de esa vieja culpa todavía se resiste a irse y cómo la estás tratando estos días?
Cuéntamelo abajo si te nace. Sin prisa. Como sientes de verdad.
©Jose Luis Vaquero.







