«El Intervalo de las Mariposas»
El silencio no es el enemigo, es el descanso necesario entre una verdad y otra. Como esas pausas musicales donde la nota anterior aĂşn vibra en el aire mientras la siguiente se prepara para nacer.
Es en esos espacios de aparente quietud donde realmente escuchamos el eco de lo que hemos estado evitando decir, donde las emociones encuentran su verdadero tono y volumen.
Laura lo descubriĂł el dĂa que dejĂł de llenar con palabras cada grieta de su relaciĂłn. HabĂa pasado años intentando reparar con explicaciones lo que solo necesitaba ser sentido.
Pero cuando agotó todos los argumentos y se quedó sin excusas para darle, algo mágico ocurrió.
Los espacios vacĂos entre sus frases se convirtieron en espejos donde Miguel finalmente vio reflejada su propia indiferencia. Espejos que no distorsionaban la realidad, sino que la mostraban con una claridad dolorosa.
«Cuanto más callaba ella, más ruido hacĂa su ausencia.»
El silencio no es el enemigo es el descanso entre una verdad y otra
Las noches adquirieron textura de seda vieja – ese tipo de seda que conserva la forma de los pliegues aunque ya nadie la use. Ya no habĂa acusaciones que rasgaran el aire, ni lágrimas convertidas en armas arrojadizas.
Solo quedaba el sonido crudo de lo real, sin filtros ni disfraces.
Solo el tictac del reloj de cocina contando los latidos de lo no dicho. Ese reloj que habĂan comprado juntos en un mercadillo, cuando el tiempo aĂşn sabĂa a promesas.
Ahora marcaba los segundos de un duelo que ninguno se atrevĂa a nombrar.
Y es que… Su amor era como esas mariposas que solo muestran su verdadero color cuando dejan de batir las alas.
Durante años habĂan estado agitándose frenĂ©ticamente, ahuyentando sin querer la magia que buscaban. Solo en la quietud podĂa verse la belleza que aĂşn quedaba entre ellos.
En el sĂ©ptimo dĂa de silencio, Miguel rompiĂł a llorar. No por lo que Laura decĂa, sino por lo que ya no necesitaba decir.
Las lágrimas caĂan sobre las manos que ya no se tocaban, regando una tierra que habĂan dejado de cultivar hacĂa mucho. En ese instante, ambos entendieron que algunas verdades no necesitan voz para ser escuchadas.
Porque al final… A veces el amor no muere por lo que se grita, sino por lo que se calla en los intervalos de calma.
En esos momentos de suspensión donde el corazón habla más claro que la boca. Donde el ruido de la lucha da paso a la elocuencia de lo evidente.
Fue en ese silencio compartido donde encontraron la valentĂa para aceptar lo que las palabras habĂan estado ocultando: que a veces el amor más puro es el que sabe cuándo soltar, cuándo convertirse en el intervalo que permite nacer a una nueva verdad.
©Jose Luis Vaquero







