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Reflexiones y frases motivadoras. Aprende a reconocer e interpretar las emociones. Filosofía, Psicología, poesía asertiva, gestión emocional.
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  • Salfueradeti
  • marzo 17, 2025
Laura y Daniel se sentaron en el sofá, cada uno en un extremo, como si el espacio entre ellos fuera un océano imposible de cruzar. La televisión estaba encendida, pero ninguno prestaba atención. Era solo un ruido de fondo, una excusa para no hablar, para no enfrentar lo que realmente importaba. Habían pasado años perfeccionando el arte de fingir. Laura sonreía cuando Daniel llegaba tarde a casa, diciendo que no importaba, que entendía. Daniel, por su parte, elogiaba la cena incluso cuando estaba fría, como si no notara el vacío que crecía entre ellos. Ambos habían aprendido a disfrazar el dolor, a convertirlo en algo presentable, algo que no hiciera ruido. Pero el silencio, ese compañero constante, era más elocuente que cualquier palabra. A veces, Laura miraba a Daniel de reojo y se preguntaba cuándo habían dejado de verse. No físicamente, sino realmente. Él estaba allí, pero era como si hubiera desaparecido detrás de una pared de gestos automáticos y respuestas prefabricadas. Y Daniel, por su parte, sentía que Laura era un cuadro colgado en la pared: hermoso, pero estático, sin vida propia. Una noche, después de una cena en silencio, Laura rompió el pacto no escrito. —¿Te das cuenta de que ya no nos miramos? —preguntó, con una voz que sonó más frágil de lo que esperaba. Daniel la miró, sorprendido, como si hubiera despertado de un sueño. —¿Qué quieres decir? —preguntó, aunque en el fondo sabía la respuesta. —Quiero decir que nos hemos vuelto expertos en disfrazar lo que duele —respondió Laura, con lágrimas en los ojos—. Pero no puedo seguir fingiendo que esto está bien. Daniel bajó la mirada, sintiendo el peso de las palabras de Laura. Sabía que tenía razón. Habían convertido su relación en una obra de teatro, donde cada uno interpretaba un papel para evitar el conflicto. Pero el conflicto, aunque doloroso, era real. Y lo real, aunque imperfecto, era lo único que podía salvarlos. —Tal vez —dijo Daniel, con una voz temblorosa— hemos estado tan ocupados fingiendo que no nos dimos cuenta de que nos estábamos perdiendo. Laura asintió, sintiendo que algo dentro de ella se desmoronaba, pero también se liberaba. Era como si, al fin, estuvieran quitándose las máscaras que los habían protegido, pero también los habían separado. Y así, en medio de la noche, con la televisión aún encendida pero ahora en completo silencio, Laura y Daniel comenzaron a hablar. No de lo que estaba bien, sino de lo que dolía. No de lo que esperaban, sino de lo que temían. Porque, al fin, habían entendido que disfrazar el dolor no lo hacía desaparecer, solo lo enterraba más profundo. Y que, a veces, la única manera de sanar es dejar que las heridas respiren, aunque duela. Al amanecer, el océano entre ellos seguía allí, pero ahora, al menos, estaban intentando cruzarlo juntos. Porque, aunque el arte de fingir los había mantenido a salvo, también los había alejado. Y era hora de aprender un nuevo arte: el de ser auténticos, incluso cuando duele.

Esta publicación puedes escucharla aquí

Nos volvimos expertos en disfrazar lo que duele.

«El Arte de Fingir de disfrazar lo que duele»

Laura y Daniel se sentaron en el sofá, cada uno en un extremo, como si el espacio entre ellos fuera un océano imposible de cruzar.

La televisión estaba encendida, pero ninguno prestaba atención. Era solo un ruido de fondo, una excusa para no hablar, para no enfrentar lo que realmente importaba.

Habían pasado años perfeccionando el arte de fingir. Laura sonreía cuando Daniel llegaba tarde a casa, diciendo que no importaba, que entendía.

Daniel, por su parte, elogiaba la cena incluso cuando estaba fría, como si no notara el vacío que crecía entre ellos. Ambos habían aprendido a disfrazar el dolor, a convertirlo en algo presentable, algo que no hiciera ruido.

Pero el silencio, ese compañero constante, era más elocuente que cualquier palabra.

A veces, Laura miraba a Daniel de reojo y se preguntaba cuándo habían dejado de verse. No físicamente, sino realmente.

Él estaba allí, pero era como si hubiera desaparecido detrás de una pared de gestos automáticos y respuestas prefabricadas.

Y Daniel, por su parte, sentía que Laura era un cuadro colgado en la pared: hermoso, pero estático, sin vida propia.

Una noche, después de una cena en silencio, Laura rompió el pacto no escrito.

—¿Te das cuenta de que ya no nos miramos? —preguntó, con una voz que sonó más frágil de lo que esperaba.

Daniel la miró, sorprendido, como si hubiera despertado de un sueño.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, aunque en el fondo sabía la respuesta.

—Quiero decir que nos hemos vuelto expertos en disfrazar lo que duele —respondió Laura, con lágrimas en los ojos—. Pero no puedo seguir fingiendo que esto está bien.

Daniel bajó la mirada, sintiendo el peso de las palabras de Laura. Sabía que tenía razón. Habían convertido su relación en una obra de teatro, donde cada uno interpretaba un papel para evitar el conflicto.

Pero el conflicto, aunque doloroso, era real. Y lo real, aunque imperfecto, era lo único que podía salvarlos.

—Tal vez —dijo Daniel, con una voz temblorosa— hemos estado tan ocupados fingiendo que no nos dimos cuenta de que nos estábamos perdiendo.

Laura asintió, sintiendo que algo dentro de ella se desmoronaba, pero también se liberaba.

Era como si, al fin, estuvieran quitándose las máscaras que los habían protegido, pero también los habían separado.

Y así, en medio de la noche, con la televisión aún encendida pero ahora en completo silencio, Laura y Daniel comenzaron a hablar.

No de lo que estaba bien, sino de lo que dolía. No de lo que esperaban, sino de lo que temían.

Porque, al fin, habían entendido que disfrazar el dolor no lo hacía desaparecer, solo lo enterraba más profundo. Y que, a veces, la única manera de sanar es dejar que las heridas respiren, aunque duela.

Al amanecer, el océano entre ellos seguía allí, pero ahora, al menos, estaban intentando cruzarlo juntos.

Porque, aunque el arte de fingir los había mantenido a salvo, también los había alejado. Y era hora de aprender un nuevo arte: el de ser auténticos, incluso cuando duele.

©Jose Luis Vaquero

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