¿Crees que estás preparada/o preparado para leer esto?
Yo creo que no.
Porque hay una verdad incómoda que muchas personas prefieren no escuchar. Una de esas verdades que suelen generar enfado no porque sean falsas, sino porque a veces resultan demasiado familiares.
Hay personas que jamás tienen la culpa de nada.
Jamás.
Ni una sola vez.
Ni por error.
Ni por accidente.
Ni cuando las pruebas están delante de sus ojos.
Si algo sale mal, siempre aparece un culpable nuevo. La pareja. El jefe. La familia. Los amigos. La infancia. La mala suerte. El destino. Mercurio retrógrado. Cualquier cosa sirve mientras la responsabilidad no tenga que detenerse frente al espejo.
Y si no encuentran a nadie disponible, siempre quedas tú.
Durante muchos años pensé que mi obligación era explicarme. Aclarar malentendidos. Defender mis intenciones. Buscar argumentos. Intentar demostrar que las cosas no habían sucedido exactamente como las contaban.
Creía que si lograba explicarme bien, todo se resolvería.
Qué ingenuo era.
Con el tiempo descubrí algo mucho más interesante. Hay personas que no buscan comprender lo que sienten. Tampoco quieren analizar sus reacciones ni asumir sus decisiones.
Lo que realmente buscan es un voluntario que cargue con todo eso por ellas.
Alguien sobre quien depositar la frustración, el enfado, la decepción o la culpa que no quieren gestionar.
Y mientras aceptes ese papel, todo funciona perfectamente.
Pero el problema aparece cuando renuncias al puesto.
Cuando dejas de justificarte.
Cuando dejas de recoger problemas que no te pertenecen.
Cuando decides que ya no vas a cargar con emociones que otros no quieren asumir.
Entonces se enfadan.
Y eso resulta curioso.
Porque muchas veces no les molesta lo que hiciste. Lo que realmente les molesta es quedarse sin excusa. Sin una persona sobre la que proyectar todo aquello que no quieren mirar dentro de sí mismos.
Algunas personas no buscan respuestas.
Buscan responsables.
No te culpan porque seas culpable.
Te culpan porque estás cerca.
Porque eres accesible.
Porque durante demasiado tiempo aceptaste cargar con cosas que nunca fueron tuyas.
Y el día que decides dejar de hacerlo ocurre algo sorprendente.
Descubres que tu tranquilidad les incomoda más que tus errores.
Tu paz les resulta más difícil de soportar que cualquier equivocación que hayas cometido.
Porque cuando ya no pueden señalarte, se quedan frente a la única persona que nunca quisieron examinar de verdad: ellos mismos.
Y esa conversación suele ser mucho más incómoda que cualquier discusión contigo.
— José Luis Vaquero
