El Mapa y el Laberinto
Lorena vivĂa en un pueblo rodeado de montañas. Desde niña, habĂa sentido un deseo ardiente: encontrar el lugar donde el sol se posaba cada tarde, más allá de las cumbres.
Para Ă©l, ese horizonte dorado era el sĂmbolo de todo lo que anhelaba: libertad, belleza y algo que no podĂa nombrar, pero que sentĂa como una llamada en su pecho.
Sin embargo, no sabĂa cĂłmo llegar allĂ. Cada vez que intentaba avanzar, se encontraba con senderos que se bifurcaban, bosques espesos y rĂos que parecĂan interponerse en su camino.
Pronto, comenzĂł a sentir que su deseo no era más que un laberinto, un enredo de preguntas sin respuestas: ÂżQuĂ© camino tomar? ÂżQuĂ© hacer si me pierdo? ÂżY si nunca llego? Cada paso que daba lo llenaba de dudas, y el horizonte dorado parecĂa alejarse más y más.
Un dĂa, cansada y confundida, se sentĂł al borde de un arroyo. AllĂ, conociĂł a una anciana que lavaba ropa en las aguas cristalinas. Ella lo mirĂł con ojos profundos y le preguntĂł:
—¿Por qué tus pasos son tan pesados, joven?
Lorena le contĂł sobre su deseo de alcanzar el horizonte y cĂłmo cada intento lo sumĂa en un laberinto de incertidumbre. La anciana sonriĂł y le dijo:
—Los deseos no son laberintos, son mapas. Un laberinto te confunde, te hace creer que estás atrapado. Pero un mapa te guĂa, te muestra que cada paso, incluso el equivocado, es parte del camino.
Lorena frunció el ceño, sin entender del todo. La anciana continuó:
—Un deseo no es una trampa, es una brĂşjula. No tienes que saber todo el camino de antemano. Solo tienes que sentir hacia dĂłnde te llama y confiar en que cada paso te acerca, aunque no sea en lĂnea recta.
Esas palabras resonaron en ella como un eco lejano. Se dio cuenta de que habĂa estado tratando su deseo como un problema que resolver, en lugar de como una guĂa que seguir. HabĂa estado tan preocupada por no equivocarse que habĂa olvidado sentir el camino.
Al dĂa siguiente, partiĂł de nuevo. Esta vez, no llevaba un plan detallado, sino solo la certeza de que el horizonte lo llamaba. CaminĂł por senderos desconocidos, se detuvo a descansar bajo árboles centenarios y hablĂł con extraños que le contaron historias de otros horizontes.
A veces, se perdĂa, pero ya no sentĂa miedo. Cada desvĂo era una nueva parte del mapa, un fragmento del territorio que estaba descubriendo.
Con el tiempo, Lorena comprendiĂł que el horizonte no era un lugar fijo, sino un sĂmbolo de su propio crecimiento. Cada paso, cada experiencia, cada momento de conexiĂłn con el mundo y consigo mismo, era parte del viaje. El deseo no era un laberinto que lo atrapaba, sino un mapa que lo llevaba a explorar no solo el mundo exterior, sino tambiĂ©n su propio corazĂłn.
Y asĂ, sin prisa pero sin pausa, Lorena siguiĂł caminando. Ya no buscaba el horizonte con ansiedad, sino con gratitud. Porque habĂa aprendido que los deseos no son trampas, sino guĂas; no son laberintos, sino mapas que se dibujan con cada paso, con cada latido, con cada respiraciĂłn.
Y en ese caminar, encontró algo más valioso que el horizonte: se encontró a sà misma y desde entonces toda su vida cambió.
©Jose Luis Vaquero







